Nacimos como un proyecto social. La idea original fue simple: pagar un precio justo por un producto hecho con amor — lo que nosotros podemos pagar, no lo que la comunidad puede permitirse cobrar.
Recorremos comunidades, sean mezcaleras o no, y conocemos al maestro y a su familia. Entendemos por qué hace mezcal, cómo lo hace, cuándo lo hace y qué representa esa persona para su comunidad y su cosmovisión del mundo. Si nos late, probamos sus productos y seleccionamos los que consideramos más especiales.
Los catamos, los compramos, los traemos a la Ciudad de México, los envasamos y los promovemos. Y cuando se venden, regresamos parte de esa ganancia al maestro y su familia — para que sepan que su trabajo no solo se vende, se aprecia y se agradece.
Para nosotros el maestro mezcalero no es un proveedor, es un hermano. Y los que nos leen y confían en nosotros para llevarles un mezcal tampoco son clientes — también son hermanos. Así construimos Infinito: de familia en familia.
El maestro mezcalero no es nuestro proveedor. Es nuestro hermano — igual que quien nos lee del otro lado.